jueves, 22 de marzo de 2007

¿QUÉ ES PEOR, UN NUEVO RICO O UN MILLONARIO DE LA ARISTOCRACIA?



Reconozcámoslo: somos un país de nuevos ricos. En las últimas décadas España se ha transformado espectacularmente. Los fondos de cohesión comunitarios han florecido como un plan Marshall exprés y han regado de millones un país secularmente pobre. Así las cosas, nos hemos convertido en un parque temático de nuevos ricos, de gente cuya bonanza sobrevenida les ha dejado con las vergüenzas al aire. Compramos, sin gusto ni criterio, segundas viviendas, cuatro por cuatros y ropa de Fulano de Tal. Lo que sea menos un libro. Aceptamos como zombies los nuevos menús y las nuevas minutas. Jugamos al golf, pagamos a arquitectos enloquecidos para que nos construyan monstruosidades carísimas y nos llevamos las manos a la cabeza por lo mal que habla español el servicio. Hacemos todo eso -y más- sin habernos quitado todavía el olor a ajo y aceitunas. Nos miramos el ombligo y lo encontramos pluscuamperfecto. Somos, coyunturalmente, unos triunfadores. Damos asco.

Antes no era así. El pueblo vivía de su ínfimo peculio, así que solo se podía ser rico en virtudes, ya fueran integradas o apocalípticas. Los ricos eran otros, los de siempre. Esos siguen siendo ricos, inmensamente ricos. Son gente que no es de este mundo. Son los dueños de la tierra, de las almas y de los intereses. Siguen partiendo el bacalao, aunque ya no son odiados ni reverenciados. Ahora simplemente los envidiamos. Esos seres que se creen íntimamente superiores por mor de su linaje de curso legal han venido a convertirse en el espejo en el que nos miramos. Vamos, pues, por el buen camino.

sábado, 10 de marzo de 2007

RABIA



El María Moliner da tres definiciones de la palabra rabia:

-Estado de enfado que se exterioriza con manifestaciones violentas, como gritos, golpes o ademanes descompuestos.

-Enfado o disgusto violento producido, por ejemplo, por algo que sale o resulta distinto de como se desea, por una oportunidad desperdiciada, por envidia de que otro consiga lo que uno mismo quiere, o por algo que le sucede bien a alguien a quien se tiene antipatía.

-Enfermedad infecciosa que ataca a algunos animales, particularmente al perro, y que, por mordedura de él, se transmite a otros y al hombre.


Las tres son pertinentes.

jueves, 8 de marzo de 2007

EL COLEGIO



Ya es un lugar común describir la actitud de congresistas y senadores como la de unos colegiales maleducados. Tras cada bronca, los bien pensantes de turno hablan de la vergüenza que produce semejante comportamiento entre gentes de tan alta alcurnia como son los representantes del pueblo español. No lo entiendo, la verdad. Creo que son unos cabales “representantes”, puesto que llevan a las cámaras las mismas actitudes, y en las mismas proporciones sectoriales, que vemos todos los días en la calle. Los más broncos, ya se sabe, los de la derecha, que se adornan con las virtudes chulescas del señorito español, la osadía de la ignorancia y el servilismo castrense de los franquistas. Menos bullangueros, pero gamberretes al fin y al cabo, los socialistas, tan nuevos ricos ellos y tan prepotentemente crecidos en su molde de español del nuevo siglo. Más calladitos son los de IU, que aún conservan algo de humildad de clase, sobre todo porque no son más que cuatro gatos. Los catalanes, desde luego, los más educados, con esas calvas enceradas de europeismo. Los vascos tampoco meten mucho ruido, quizás por la impresión que les produce estar en tierra extraña. Bueno, no todos los vascos, porque cuando todavía aparecían por el Parlamento los chicos de la gasolina, la montaban, pero claro, es que los españolitos fachas, aunque se sueñen vascos y de izquierdas, son así.
¿Alguien esperaba tener unos parlamentarios bien educados, razonables, inteligentes y respetuosos? Si es así, se ha equivocado de país.

domingo, 4 de marzo de 2007

LA ÚLTIMA VEZ



La última vez que lo intentaron estuvieron tres legislaturas en la oposición.
Y la última vez que lo consiguieron estuvieron cuarenta años en el poder.

domingo, 18 de febrero de 2007

FOTOGRAFÍAS MAYESTÁTICAS



Portada de una revista: dos fotos enfrentadas ilustran un artículo titulado “Hijos de rey”. La cosa da que pensar. En una se ve el busto de un príncipe de la nobleza. La otra es de similar corte, pero muestra a un bastardo, hermano del anterior e hijo ilegítimo de un rey tarambana. Las fotos elegidas no son casuales. Tratan de reflejar el parecido físico entre ambos personajes. Objetivo conseguido: la similitud es evidente. Pero hay más. Los retratos no sólo subrayan el aire de familia, sino que también marcan las diferencias de cuna. La del noble “pata negra” es una foto de estudio, un retrato en el que se ha cuidado la luz, la textura, el escorzo, la pose. La otra es una foto tomada a capón.

El príncipe verdadero compone un gesto gallardo, con la mirada fija en un destino personal (en lo universal, por supuesto) que ha de coronar con su férrea voluntad. La faz del intruso revela la otra cara de la moneda real: no es más que un fantoche. Cada rasgo de uno sugiere el del otro, pero también lo rechaza. Mientras que la frente del honorable está surcada por unas viriles arrugas, la del impostor es lisa como una tabla; donde el noble tiene un sutil lunar frontal, cual satélite que rindiera pleitesía a un Júpiter entre los hombres, el degenerado luce la vergüenza de una piel llena de manchas prosaicas, descolorida y llena de parches. Los ojos del gran señor son los de un actor del Hollywood de los buenos tiempos: claros y perfectamente enmarcados en unos párpados que transmiten firmeza; los del aborto son los de un besugo sin vida. La nariz del noble, hábilmente perfilada por las sombras y las luces, aparece recta y atractiva, superando la evidencia de su real fisonomía; la del impuro es un descomunal escombro lleno de pecas, un estrambote quebrado que sólo mueve a risa. La boca del asentado en la realeza también está beneficiada por las artes fotográficas: el belfo bobalicón, estigma de la familia, ha sido corregido con una marcada sombra, convirtiendo su severa mueca en una cumbre de seguridad en uno mismo. La boca del desahuciado de la majestad es atroz, sus desparramados labios se esfuerzan en un mohín que quiere reflejar determinación y sólo consigue evidenciar el patetismo de un flotador a medio hinchar. Las orejas del príncipe, feas y raras como cualquier oreja humana, logran el aprobado justito en el compromiso de pasar inadvertidas, pese a su buen tamaño. Las del inclusero son horriblemente deformes, una ensaimada de carne brillante y retorcida, cruzada de pliegues contra natura. La barbilla del bueno, con un hoyo apenas insinuado, combina prudencia y arrogancia. La del malo está surcada por dos arrugas que la transforman en un culo minúsculo, repugnante y fuera de lugar. La sobria majestad del cabello del original contrasta con los pelos aceitosos de la copia, rematados por unos caracolillos infames a la altura de la nuca. Si el primero está pluscuamperfectamente afeitado, el segundo luce unos adornos ridículos: bigote y perilla peinados hacia arriba, dos parches de estopa usada en labores de fontanería.

Las diferencias de ambos retratos son más que las descritas. La fundamental es la diferencia de clase: uno es y otro no es. El afortunado por el destino, sin duda clónico del desgraciado, ha conseguido que la memoria de su imagen mienta convenientemente acerca de sus deformidades externas e internas. El desheredado no ha podido aspirar a tanto. Sin embargo, es éste el que tira de la manta de la realeza, descubriéndonos su imagen más veraz.

domingo, 4 de febrero de 2007

ELOGIO DEL ATRACO


Quisiera ser atracador de bancos. Sería una profesión a la que me dedicaría con entero gusto, sobre todo moralmente. Desde el punto de vista de la ideología política, atracar un banco - una compañía de seguros, un furgón blindado o la nómina de cualquier multinacional- es una actividad que reporta lo mejor de ambos mundos. Por una parte, la subversión de los valores del capitalismo está garantizada tanto por el ataque a la propiedad privada como por el desprecio a la legislación vigente. Por otra, el enriquecimiento personal, como meta a alcanzar, está en sintonía con los postulados de la sociedad de mercado. De esta manera, sin ser como los viejos anarquistas, que atracaban bancos mientras vivían en la pobreza, se consigue una redistribución de la riqueza muy localizada, pero redistribución al fin. Satisfechas de esta manera la conciencia ideológica y las necesidades económicas, el atraco de bancos resulta ser la actividad más recomendable para un hombre de bien que quiera prosperar. Es mi caso.

MAS A LA IZQUIERDA


Debía tener doce años cuando mi padre me soltó lo siguiente: “La diferencia entre la izquierda y la derecha es que la izquierda tiene un buen concepto del hombre y la derecha no”. Me costó treinta años entender esta pieza magistral de filosofía política. La izquierda, desde un punto de vista moral, se fundamenta en que el hombre es bueno, en que aprovechando esa buena disposición natural hay que arrimar el hombro, ser solidario con el esfuerzo común, compasivo con la desgracia ajena. Todo esto no es más que ahondar en los caracteres que nos han hecho humanos. Sin ellos, no habríamos llegado a ninguna parte. Son parte fundamental de la estrategia de supervivencia de nuestra especie.

La derecha, sin embargo, cojea del pie contrario. Desconfía del hombre. Por eso su esencia es represiva, policial, clasista. Para la derecha hay que poner a la gente en su sitio, tiene que fragmentarse la sociedad en jerarquías, hay que crear estados y fronteras. La derecha se dedica a poner límites para tener a las fieras controladas. Lo que pasa es que no hay fieras. Siguiendo el hilo argumental del pensamiento de derechas, el hombre no solo no habría salido de las cavernas, sino que todavía andaría a cuatro patas. Es su manera de entender a Darwin: el darwinismo social.