domingo, 18 de febrero de 2007

FOTOGRAFÍAS MAYESTÁTICAS



Portada de una revista: dos fotos enfrentadas ilustran un artículo titulado “Hijos de rey”. La cosa da que pensar. En una se ve el busto de un príncipe de la nobleza. La otra es de similar corte, pero muestra a un bastardo, hermano del anterior e hijo ilegítimo de un rey tarambana. Las fotos elegidas no son casuales. Tratan de reflejar el parecido físico entre ambos personajes. Objetivo conseguido: la similitud es evidente. Pero hay más. Los retratos no sólo subrayan el aire de familia, sino que también marcan las diferencias de cuna. La del noble “pata negra” es una foto de estudio, un retrato en el que se ha cuidado la luz, la textura, el escorzo, la pose. La otra es una foto tomada a capón.

El príncipe verdadero compone un gesto gallardo, con la mirada fija en un destino personal (en lo universal, por supuesto) que ha de coronar con su férrea voluntad. La faz del intruso revela la otra cara de la moneda real: no es más que un fantoche. Cada rasgo de uno sugiere el del otro, pero también lo rechaza. Mientras que la frente del honorable está surcada por unas viriles arrugas, la del impostor es lisa como una tabla; donde el noble tiene un sutil lunar frontal, cual satélite que rindiera pleitesía a un Júpiter entre los hombres, el degenerado luce la vergüenza de una piel llena de manchas prosaicas, descolorida y llena de parches. Los ojos del gran señor son los de un actor del Hollywood de los buenos tiempos: claros y perfectamente enmarcados en unos párpados que transmiten firmeza; los del aborto son los de un besugo sin vida. La nariz del noble, hábilmente perfilada por las sombras y las luces, aparece recta y atractiva, superando la evidencia de su real fisonomía; la del impuro es un descomunal escombro lleno de pecas, un estrambote quebrado que sólo mueve a risa. La boca del asentado en la realeza también está beneficiada por las artes fotográficas: el belfo bobalicón, estigma de la familia, ha sido corregido con una marcada sombra, convirtiendo su severa mueca en una cumbre de seguridad en uno mismo. La boca del desahuciado de la majestad es atroz, sus desparramados labios se esfuerzan en un mohín que quiere reflejar determinación y sólo consigue evidenciar el patetismo de un flotador a medio hinchar. Las orejas del príncipe, feas y raras como cualquier oreja humana, logran el aprobado justito en el compromiso de pasar inadvertidas, pese a su buen tamaño. Las del inclusero son horriblemente deformes, una ensaimada de carne brillante y retorcida, cruzada de pliegues contra natura. La barbilla del bueno, con un hoyo apenas insinuado, combina prudencia y arrogancia. La del malo está surcada por dos arrugas que la transforman en un culo minúsculo, repugnante y fuera de lugar. La sobria majestad del cabello del original contrasta con los pelos aceitosos de la copia, rematados por unos caracolillos infames a la altura de la nuca. Si el primero está pluscuamperfectamente afeitado, el segundo luce unos adornos ridículos: bigote y perilla peinados hacia arriba, dos parches de estopa usada en labores de fontanería.

Las diferencias de ambos retratos son más que las descritas. La fundamental es la diferencia de clase: uno es y otro no es. El afortunado por el destino, sin duda clónico del desgraciado, ha conseguido que la memoria de su imagen mienta convenientemente acerca de sus deformidades externas e internas. El desheredado no ha podido aspirar a tanto. Sin embargo, es éste el que tira de la manta de la realeza, descubriéndonos su imagen más veraz.

domingo, 4 de febrero de 2007

ELOGIO DEL ATRACO


Quisiera ser atracador de bancos. Sería una profesión a la que me dedicaría con entero gusto, sobre todo moralmente. Desde el punto de vista de la ideología política, atracar un banco - una compañía de seguros, un furgón blindado o la nómina de cualquier multinacional- es una actividad que reporta lo mejor de ambos mundos. Por una parte, la subversión de los valores del capitalismo está garantizada tanto por el ataque a la propiedad privada como por el desprecio a la legislación vigente. Por otra, el enriquecimiento personal, como meta a alcanzar, está en sintonía con los postulados de la sociedad de mercado. De esta manera, sin ser como los viejos anarquistas, que atracaban bancos mientras vivían en la pobreza, se consigue una redistribución de la riqueza muy localizada, pero redistribución al fin. Satisfechas de esta manera la conciencia ideológica y las necesidades económicas, el atraco de bancos resulta ser la actividad más recomendable para un hombre de bien que quiera prosperar. Es mi caso.

MAS A LA IZQUIERDA


Debía tener doce años cuando mi padre me soltó lo siguiente: “La diferencia entre la izquierda y la derecha es que la izquierda tiene un buen concepto del hombre y la derecha no”. Me costó treinta años entender esta pieza magistral de filosofía política. La izquierda, desde un punto de vista moral, se fundamenta en que el hombre es bueno, en que aprovechando esa buena disposición natural hay que arrimar el hombro, ser solidario con el esfuerzo común, compasivo con la desgracia ajena. Todo esto no es más que ahondar en los caracteres que nos han hecho humanos. Sin ellos, no habríamos llegado a ninguna parte. Son parte fundamental de la estrategia de supervivencia de nuestra especie.

La derecha, sin embargo, cojea del pie contrario. Desconfía del hombre. Por eso su esencia es represiva, policial, clasista. Para la derecha hay que poner a la gente en su sitio, tiene que fragmentarse la sociedad en jerarquías, hay que crear estados y fronteras. La derecha se dedica a poner límites para tener a las fieras controladas. Lo que pasa es que no hay fieras. Siguiendo el hilo argumental del pensamiento de derechas, el hombre no solo no habría salido de las cavernas, sino que todavía andaría a cuatro patas. Es su manera de entender a Darwin: el darwinismo social.

martes, 23 de enero de 2007

CON LAS COSAS DE COMER NO SE JUEGA


Enciendo la tele y no veo más que cocineros. Hay programas especializados, concursos, congresos, lecciones magistrales... El gorro blanco de tubo, que antes movía a risa, es reverenciado como si se tratase de la mitra papal. Ahora visten como científicos y gastan micrófonos inalámbricos. Se han cambiado hasta el nombre: son restauradores. En sus apariciones estelares explican pormenorizadamente lo que le están haciendo con un soplete a un trozo de foie-grass, que tampoco se llama ya así, claro. Crean platos de “fusión”, siempre minúsculos, con nombres que tardan más en deletrearse que en comerlos. Manosean la comida, componen platos con pinta de cuadros de Kandinsky, hablan de estructuras, atmósferas, nucleótidos, texturas y liofilizaciones. En la prensa han engordado las secciones de gastronomía como si estuvieran alimentadas por los platos de los que escriben. Los vinos han generado un nuevo género literario plagado de composiciones lingüísticas de mistérico alcance: “se estructura bien en boca dejando un largo retrogusto”. La gente habla de cuando comió en tal o cual restaurante, glosando la ambrosía que cataron. Los más atorrantes aseguran ser amigos de este o aquel chef de fama internacional.
¿De dónde ha salido todo esto? Pues del mismo sitio que el rally de Dakar o los pases de modelos. No es más que el ansia del “parvenu” por demostrar su sobrevenida abundancia. Somos un país de nuevos ricos que queremos olvidar a toda prisa que “con las cosas de comer no se juega”. Hasta aquí llegó la memoria histórica.

viernes, 19 de enero de 2007

UNA MAÑANA GRIS


¡Triiing! 8:30 A.M. Me levanto. ¿Quién soy?. ¿Tanto bebí ayer?. ¿Me queda algo de pelo?. Dudas. Más preguntas. ¿Qué tengo que hacer?. Respuesta: entrevistar a los responsables de una fundación de control de ong’s. Malestar. Ducha, vestimenta, café y carrera. Subo a un taxi y bajo de un taxi; curiosamente es el mismo coche. Aparezco en la Plaza de la Lealtad, justo entre el Ritz y la Bolsa. Territorio enemigo. Entro en un edificio con artesonados que creía que sólo se encontraban en el Museo del Prado, que está al lado, por cierto. Llego al cuarto piso. Vengo a ver a Fulanita de Tal (de los Tal y Tal de toda la vida). ¿Su nombre?. El mío. Pase por aquí y espere un momentito. Cruzo una docena de despachos forrados de maderas exóticas, amueblados con cueros de aúpa, sustentados por tarima de la buena y alfombras de las mil y una noches. Espero mientras hago como que pienso en los bosques amazónicos aserrados al cero, en los curtidores de Fez dejándose los pies entre cueros teñidos, en los niños irano-afgano-pakistano-hindúes tejiendo alfombras a dos piastras el metro. Entra una señorita muy fina y muy sonriente. Es Fulanita de Tal. Tras ella viene un niño con cara de niño, pero vestido de hombre, es decir, con corbata. Es Menganito de Cual. Hablan sin parar sobre ong’s, fines, medios, propósitos y despropósitos. Francamente, no entiendo nada. Usan un lenguaje tan críptico como los médicos, los abogados, los curas, los arquitectos. Sólo les falta hablar en latín. Intento aclarar los conceptos, meto baza en el maremagnum de palabras. No les gusta, aunque no saben por qué. Sorpresa, sonrisas, disimulos y buena educación. Fulanita porta joyas suficientes para mantener a toda la tribu de los indios pemoncitos durante una década. Menganito luce un peluco por el que en otros sitios la gente mata mucho. Abrevio. Más sorpresa. ¿No quiero saber nada más?. No. ¡Vaya, se nos ha olvidado ofrecerte un café o algo; qué descorteses somos!. No importa, el Ritz está aquí al lado, ya pasaré a tomarme algo. Salgo y cojo el autobús.

sábado, 13 de enero de 2007

CATEDRAL DE LA ALMUDENA


Es de noche. Recorro en taxi el Paseo de la Virgen del Puerto. Mirando hacia arriba, a la derecha, se ve iluminada la mole de la Catedral de la Almudena. Rivaliza con otro “moloch”: el Palacio Real. Pese a la arboleda de la zona y a la magia nocturna de los edificios iluminados, La Almudena no puede esconder su fealdad. La dichosa catedral de Madrid, tardíamente construida, hiede con una rancia olorisca de franquismo fin de siglo. Es la representación de una modernidad agonizante de puro vieja, es el revoque de fachada de la España más cripto-carca. Es horrible, hortera, innecesaria, anacrónica, absurda, insultante, inútil. Es un monumento a las bestias que se reproducen en el nido del poder. Habría que demolerla, mascullo desde el asiento trasero del taxi. Disfrutaría viendo cómo se cae a pedazos tamaño alarde de mal gusto y mala leche, semejante insulto al buen pensar, al buen ser.
El taxi sigue su camino. La catedral sale de foco. Sigo pensando. Si la Almudena se desmoronara como un castillo de arena, inevitablemente la reconstruirían. Presidentes, alcaldes, concejales y demás gentes de mal vivir esquilmarían los presupuestos públicos para derivar dineros hacia las magnas obras que han de realzar su ralea. Miserables pesetillas que podrían destinarse a cualquier otro fin se convertirían en piedra granítica para recomponer el horror. Los madrileños sufriríamos años de interminables obras, atascos de tráfico e inauguraciones fastuosas publicitadas por la barbarie mediática. Mejor que no se derrumbe.
Llego a Plaza de España. Los razonamientos siguen su curso con lógica inmisericorde. Se derrumbe la Almudena o siga en pie, la canalla de los sillones robará cuanto pueda de los fondos públicos; peor aún, los privatizará en breve plazo para dar cobertura legal al robo, al secular latrocinio del rico para con el pobre. La codicia de los poderosos no conoce límites, no precisa excusas, no cesa ni se arrepiente. Así pues, ¡que se caiga la Almudena!

miércoles, 10 de enero de 2007

LAGRIMAS DE COCODRILO



Como todos los niños, fui al circo alguna que otra vez. No era un espectáculo que me fascinara especialmente, siempre preferí el cine, pero tenía su punto excitante: lo que allí ocurría era de verdad. Con todo, lo encontraba premioso, los payasos no me hacían gracia, las fieras me defraudaban y los equilibristas —lo más emocionante y meritorio, a mi parecer— me creaban un estado de angustia que solía resolverse en lágrimas. Hay, sin embargo, un recuerdo referente al circo que ha quedado fuertemente grabado en mi memoria y que, curiosamente, lo viví, ya siendo un niño, con sensibilidad de adulto.
Había un circo a principios de los 60 que rondaba por los numerosos arrabales madrileños. Se llamaba, creo recordar, Circo Roma. Era una empresa de lo más menesterosa, con una carpa minúscula y parcheada que se levantaba en solares llenos de barro y con poca iluminación. Una vez se instaló cerca de mi colegio, en la zona que hoy es la prolongación de la calle Príncipe de Vergara, y que entonces no era más que una sucesión de descampados salteados de tristes edificios. La pista era un redondel de no más de 20 metros cuadrados y, francamente, no recuerdo bien más que uno de los números. Éste estaba anunciado por la calle con esa estética circense tan similar a la de los dibujos de portada del Capitán Trueno. El cartel en cuestión representaba a una amazona en bikini de pedrería luchando a brazo partido contra un enjambre de descomunales cocodrilos. La visión de esa señorita ligera de ropa dedicándose a tan peligrosa variante del bestialismo me produjo una sensación entonces indescriptible y ahora perfectamente reconocible. Si recuerdo tan vivamente ese número de circo es quizás por esa temprana pulsión mórbida, o a lo mejor por ser la primera vez que me di cuenta de lo mucho que dista entre lo que nos ofrecen y lo que realmente obtenemos.
Tras unos cuantos payasos, de los que apenas guardo registro más allá de que eran de la modalidad de el tonto y el augusto, apareció en escena el presentador haciendo una rutinaria glosa de lo peligroso del siguiente número. Un par de señores, cuyo disfraz de hindúes no podía ocultar su origen inequívocamente español, arrastraron hasta el centro de la pista una especie de cabina telefónica con ruedas que estaba llena de agua turbia. A continuación sacaron una pecera rectangular del tamaño de una maleta de la que extrajeron un cocodrilo de apenas un metro de largo. El saurio fue lanzado al interior de la cabina sin mayor miramiento y se hundió como una piedra. Con un redoble de tambor hizo acto de presencia la que yo esperaba que fuera la lúbrica señorita del cartel. Lo que allí apareció, sin embargo, fue una señora de tomo y lomo, una de esas españolas de ceja y bigote, pelo zaino, hombros poderosos, miembros recios y pecho montañoso; toda ella cefalotorax y abdomen. Lo único que recordaba la imagen del cartel era el bikini de pedrería, aunque no era tan sucinto como cabría esperar, sino que más bien estaba en la línea de las fajas con ballenas, tan en boga por aquellos años. Entre redobles de timbal, aquel megaterio subió por una escalera de mano y se zambulló en la ducha portátil que contenía al bicho. Éste, sabiendo la que le esperaba, empezó a dar vueltas como loco por aquella prisión de cristal buscando una imposible salida. La Maritornes circense no le dio la menor opción. Con la misma habilidad y dejadez con que una pollera descuartiza a las gallináceas, le hizo al pobre lagarto una llave que lo dejó convertido en una ese, y así lo estuvo martirizando un rato mientras subía y bajaba del cuadrilátero acuático para tomar aire, hacer espuma y simular —con evidente hastío— una lucha a vida o muerte. Tras unos minutos de abominable espectáculo, aquella pesadilla de Julio Romero de Torres decidió que ya se había ganado el jornal y soltó al bicho, que volvió a hundirse a plomo. La dominanta salió del agua, bajó las escaleras, se escurrió el pelo y recibió simultáneamente el aplauso del público y una bata de mugrientos brillos que le alcanzó uno de los hindúes apócrifos. El cocodrilo, mientras tanto, era sacado de su particular infierno sin ninguna gloria, o sea, por la cola. Colgando como una bayeta mojada fue introducido nuevamente en su pecera-maleta. Sentí una pena enorme por aquel animal, la verdad.

P.D.

Cuarenta años después de aquella visita al circo, mi hermano Pablo me ha mandado un cartel de un circo ambulante que, todavía hoy, funciona de pueblo en pueblo con el espactáculo de la moza y el saurio. Es el que encabeza este post.