
Va uno por la calle y le pregunta al primero que pasa: ¿A usted le gusta la música? La respuesta, invariablemente, es sí. Pero lo más probable es que mienta. No se trata de una mentira a sabiendas, no es como cuando se le pregunta a la gente si le gusta leer, a lo que todo el mundo contesta que sí, cuando las estadísticas dicen que más de la mitad de los españoles no han leído ni un solo libro en toda su vida. Con respecto a la música hay un equívoco generalizado. La gente cree que le gusta la música porque consume música, pero no es lo mismo. Uno escucha música casi sin darse cuenta. No sucede igual con otras formas de arte. Para ver cine o teatro hay que buscar el momento, desplazarse a una sala concreta y pagar la entrada. La música, sin embargo, entra sola, es un sonido de fondo que nos acompaña en todas partes, la mayoría de las veces sin elegirlo ni buscarlo. Y como la industria de la música genera constantemente somas perfectamente digeribles, quien más quien menos, todos nos encontramos tarareando una tonadilla resultona en algún momento. ¿Nos gusta? No, la usamos.
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La música se ha usado siempre. Ese es el origen de los folclores, músicas que se usaban para trabajar, para las bodas o para las fiestas. Músicas más elaboradas, músicas cortesanas, eran solo patrimonio de unos pocos, gente elegida, cultivada. Fue así hasta la invención de los primeros fonógrafos. A lo largo del siglo XX la música se popularizó de una manera nunca vista. La gente tuvo, por primera vez en la historia, acceso a todo tipo de músicas. Durante un tiempo, la música estuvo en pie de igualdad con otras artes: quien gustaba de ella podía disfrutarla a placer, y a quien no le hiciera gracia, podía darle de lado. Y en esto llegó el rock. Durante la década de los sesenta, el rock fue la banda sonora de una revolución social a escala mundial. Estuvo muy bien, la verdad. Lo malo es que ahora vivimos la resaca. El rock -en todas sus derivaciones- se ha convertido en el primer folclore global que jamás haya existido, de manera que todo el mundo lo usa, pero poca gente lo escucha.

¿Cuál es la diferencia entre usar y escuchar? Es frecuente encontrar gente que asegura rotundamente que “la música que se hace ahora es una mierda; para música, la de mis tiempos”. Lo que están queriendo decir es que la única música que escucharon con alguna atención fue la de sus tiempos, o sea, la de cuando eran jóvenes. A este respecto no hay que olvidar el eterno eslogan del rock y similares: “para ti que eres joven”. Tendemos a pensar, pues, que no se hacen ahora músicas tan evocadoras como cuando éramos jóvenes. Falso. Cada vez se hace más y mejor música. Bien es cierto que la mayoría no pasa del calificativo de “producto” que les dan las propias compañías discográficas, pero entre tanto “producto” siempre hay algo de chicha de verdad, y la proporción entre lo aprovechable y lo desechable no ha variado significativamente en décadas. Lo malo es que la buena música está sepultada entre toneladas de detritus sonoros.

Entonces, ¿por qué no hay gusto por la música? La respuesta, como para cualquier otro arte, es la misma: por falta de educación. En este sentido, la situación varía de un país a otro. En Alemania, donde es más difícil encontrar alguien que no sepa tocar ningún instrumento que al revés, hay algo más de aprecio por la música que en España, por poner un ejemplo. Aquí salimos del bachillerato en un estado de virginidad cultural tan aséptico que es posible hacer creer a todo el país cualquier cosa: que Almodovar es un gran cineasta, que Elvira Lindo es una buena escritora o que Raphael es un genio. Hay muchos más ejemplos: ponlos tu mismo.

Tengo colegas con los que hablo, cual letanía largamente fermentada, de lo mala que está la profesión, la de periodista musical, se entiende. ¿Y cómo no iba a estarlo? ¿A quién le puede interesar en España la información musical? En los momentos más calientes de la tan manoseada “movida” vivimos el espejismo de que algo se estaba moviendo realmente. Solo era el lejano run run de las máquinas registradoras. A día de hoy, todo está en su sitio, por lo menos en lo que a la música respecta: no le interesa a nadie. Las revistas musicales tienen tiradas de risa, las radios están encalladas en la payola institucionalizada, la tele no quiere saber nada del asunto... Ser periodista musical en España es como ser periodista taurino en Bristol: una excentricidad.