
Hola, me llamo Fulano de Tal. Puede que les suene mi nombre, aunque seguramente no saben por qué. Soy periodista, bueno, algo parecido. En realidad soy “crítico musical”, esto es, escribo sobre música en un sentido amplio: reseñas de conciertos, críticas de discos, entrevistas a artistas famosos, artículos y reportajes sobre el tema, etc. Nada del otro mundo, como ven, pero la cuestión tiene su intríngulis. Verán, tengo un secreto que pienso hacer público en este mismo instante: no me gusta la música. Tal cual. No me gusta. Ninguna. La aborrezco, y que conste que he escogido cuidadosamente el verbo: aborrecer. Me explicaré.
Desde muy joven, casi un adolescente, mejor aún, un niño, me gustaba horrores la música. Me compraba, si podía, todos los discos “modernos” que salían: Beatles, Rolling Stones, Animals, Kinks, Dylan, Joplin, Hendrix... Con el tiempo reuní una discoteca curiosa y empecé a estudiar la música algo más en serio: leía libros, revistas, me colaba en todos los conciertos y escuchaba las emisoras “enrrolladas” del momento. Ya en la facultad, la música cambió definitivamente mis titubeantes planes de futuro. Acabé dejando los estudios para dedicarme al periodismo musical en todas sus facetas. Era fantástico. Iba a los conciertos sin pagar, las compañías discográficas me mandaban las novedades a casa, hablaba por la radio, escribía en los periódicos, conocía a los artistas, me sentía una pieza más del engranaje de esa música nueva que estaba transformando el mundo en que vivíamos. Sin que tuviera un plan preconcebido, la profesión fue creciendo por dentro. Al poco tiempo me encontré siendo un personaje más o menos conocido dentro del mundillo musical.
Ahora han pasado ya muchos años y sigo en el mismo sitio. No me quejo. Pero sí, me quejo. Ya no me gusta la música. ¿Qué pasó?. Ese “mundillo” al que antes hacía referencia, el mismo que me parecía seductoramente atractivo años ha, se ha revelado de un cutrerío insoportable. Los conciertos, prueba del nueve de la música tal cual, me producen una absoluta repulsión. Calculo que habré visto unos cuatro o cinco mil. Siempre el mismo rito: lucha telefónica por las entradas, agobios con olor a humanidad, músicos tocando en la lejanía, sonido insoportable, bebidas de garrafa, personal infame al que saludar, tías buenas que nunca se catan, problemas para volver a casa... ¿Y todo por qué?. Por ver a alguien hacer una mala imitación de lo que suena en el disco. Y ya que hablamos de los discos, vamos a ellos. Todos los días aparecen por casa media docena. Nuevos. Es imposible escuchar tanta música. Además, la mayoría es infame, degradante, estulta, absurda, repetitiva, intrascendente, obvia, reiterativa, predecible, mala y fea. De los artistas mejor no hablar. Cuánto hubiera dado por no conocer a ninguno. Puede que si así hubiera sido saliera perdiendo unas cuantas amistades que valoro sinceramente, pero vaya lo uno por lo otro. ¡Qué grupito para darles de comer cicuta aparte!.
Esa es la realidad. Odio la música. Nada profesional, por supuesto, sólo es cosa personal. Ya sé que en la Mafia dicen esto al revés, pero es que la gente de campo vive en otro mundo. Aquí es así. Profesionalmente no tengo nada contra la música. Desarrollo mi trabajo sin ningún problema, aparte de los derivados de la escasa paga y la escalofriante inseguridad laboral. Quiero decir que mi repulsión por el fenómeno musical no representa obstáculo alguno para el correcto desarrollo de mi labor profesional. Yo hago mis deberes. Como ya no escucho los discos, los estudio. Pongo uno en el equipo; mientras suena leo las letras, los créditos, las hojas de promoción, las enciclopedias, tomo notas, consulto en Internet, busco en archivos artículos propios y ajenos... Me documento. Con los datos y la percepción acústica, formo un criterio adecuado al artículo que tengo que escribir, a la publicación que me lo requiere, al tono que me ha sido pedido, a las líneas que hay que escribir y al dinero que voy a cobrar. No es tan difícil. Es, sencillamente, un trabajo más.
Hace ya tiempo que me di cuenta de que esta era mi situación real. Al principio me costó asumirla, por lo miserable. Llegué a creer que si seguía en este trance sería presa del diván de cualquier psiquiatra lo suficientemente barato. No ha sido así, ya ven. Con el tiempo he descubierto que lo que me sucede es de lo más normal. No quiero decir con esto que haya hablado con otros colegas de profesión y nos hayamos sincerado detrás de unas copas, descubriendo alborozados que todos estamos aquejados del mismo mal. En absoluto. No me trato con esa gentuza. Si he hallado consuelo y compresión ha sido por un mero proceso deductivo. Un día me puse a pensar que este fenómeno de antipatía por la propia actividad debía ser algo común a cualquier profesión. Siguiendo ese hilo argumental llegué a la madre de todos los ovillos. ¡Estaba en lo cierto!. El Papa es, sin duda, el mayor ateo del mundo, pues en virtud de su cargo se supone que él debe tener línea directa con Dios, y como Dios no existe, nadie mejor que el mandamás del Vaticano para corroborar la engañifa eclesiástica. ¿Acaso tira de la manta?. Qué va, es un buen profesional, sabe mantener el tipo para que el negocio marche. No se deja influir por desengaños espirituales ni flaquezas morales. Lo que hay que hacer, hay que hacerlo, qué cojones. Mucha gente depende de él. Y el Papa no es el único caso. Cualquier líder nacionalista del mundo sabe que el cuento que está colándole a sus seguidores es una farsa. Lo sabe bien porque probablemente es él mismo quien se ha inventado los motivos por los que los habitantes de Villachica de Arriba son más listos, más altos, más buenos y más guapos que los de Villachica de Abajo. Sin embargo, pese a ser plenamente consciente de su engañifa, la repite, la potencia, la alarga, la convierte en dogma e incluso estará dispuesto a derramar toda la sangre ajena que sea necesaria para mantenerla. Hay mucho en juego: su vida, su patrimonio y las ilusiones de tantos y tantos compradores de la lotería racial.
Así está la cosa: cocineros anoréxicos que abominan de la comida, toreros que se marean cuando ven la sangre, médicos que ansían el exterminio masivo, militares que se apuntan a ong’s pacifistas, putas que sólo piensan en los Santos Evangelios y monjas que sólo piensan en follar. ¿Para qué seguir?. Pero, por favor, no me hablen de música.